viernes, 28 de octubre de 2016

Nací en Lawton como Camilo

Mas, no pensemos solamente en un día significativo como es hoy en ese barbudo de hazañas y heroísmo, en el combatiente que iba siempre a la vanguardia o el “guerrillero completo que se imponía por esa guerra con colorido como sabía hacer”, como dijera el Che. 

Pensemos en el Camilo que nació en una barriada de obreros, a la que volvería para culminar sus estudios primarios; en el niño que debió acostumbrarse a mudarse de un lugar a otro por la precaria economía de la familia, de la que seguramente recibió a través del ejemplo muchas de las posturas que perpetuaría en nuestra tierra.

Posturas que desde muy joven dejaba claras, puesto que luchaba fervientemente por los derechos de los obreros, involucrándose en protestas y mítines, o en la resistencia contra el golpe de Estado perpetrado por Fulgencio Batista en 1952. 

Desde entonces, y mediante estas actividades, iba dando muestras de su compromiso con su patria, del arrojo y el coraje si se trataba de defender los ideales que su propia trayectoria personal había dado forma.

Camilo Cienfuegos no fue a la universidad, no tenía cómo pagarla. Tuvo que partir hacia los Estados Unidos buscando una mejora económica, para trabajar de camarero y operario, aunque nunca se desvinculó de sus acciones sociales, e incluso, escribió para revistas en contra del gobierno forzado que se desataba en Cuba, además de colaborar con organizaciones de emigrados latinoamericanos. 

Como muchos emigrantes en la actualidad, fue deportado de los Estados Unidos a México, desde donde retornó a La Habana, para tener que regresar prontamente al país vecino del norte luego de haber sido fichado como comunista por las fuerzas policiales del gobierno batistiano. 

De vuelta a México, será que saldría para siempre hacia la posteridad, pues desde ese país partió como el último de los tripulantes del yate Granma, casi en un giro del destino, a última hora decidido. 

Tenía Camilo 24 años de edad, y ya era muy grande; se construía su camino definitivo que desembocaría en las puertas de la inmortalidad.

Tres años después, su imagen, para siempre tatuada en la memoria de generaciones incluso por venir, se convertía en ícono de hombre invaluable, de cubano auténtico y jovial, con ese carácter que el barrio de Lawton vio nacer, correr, crecer, y aun atesora. 

radioenciclopedia.cu

1 comentario:

Anónimo dijo...

Y le toco comandar la columna que deberia tomar La Habana. Una herejia para el llamado mundo "normal".