sábado, 27 de enero de 2018

Las murmuraciones

En un pueblo, cuya mención no viene a cuento, unas mujeres murmuraban muy bajito sobre una vecina: "Su hijo está en a cárcel. Lo condenaron a 20 años". Yo lo oí.

Ni hablaban bien, ni hablaban mal de la infortunada madre ni de su hijo (más bien lo hacían con temor de que alguien las escuchara), pero a quien esto suscribe aquello le llamó la atención. 

Curioso, indagué y me enteré de que el preso penaba por haber combatido con la República en una guerra que los vencedores, constantemente, nos pintaban a niños y adultos como justa. 

Ni que decir tiene que yo no entendía nada de guerras ni me interesaban pero sí me sorprendió lo de los 20 años. En mi corto entender me parecieron una barbaridad. 

Tenía yo 6 o 7 años aquel día de las murmuraciones y, de manera instintiva, comenzó a iniciarse en mí un cambio que culminaría en la adolescencia.

Ya no hubo marcha atrás. Ni era posible ni nunca, desde ese momento, la quise.

Y ahí sigo porque las murmuraciones continúan. Y los presos también.

viernes, 19 de enero de 2018

Excepciones que confirman la negra norma del carnaval servil. Enhorabuena

“En el fondo te hierve la sangre de envidia al ver cómo ellos luchan por Cataluña como tú nunca lo hiciste por España"


miércoles, 17 de enero de 2018

El denostado panfleto

Frecuentemente, personas críticas con el sistema capitalista, escriben artículos que, por su compleja redacción, resultan de difícil comprensión y, en consecuencia, sólo llegan a un sector minoritario de la población. En la sociedad actual, la mayoría de ese sector mantiene prejuicios antipopulares o está al servicio del imperialismo; por tanto no le interesa aquello que cuestione su forma de vida. Teniendo en cuenta lo expuesto, resulta probable que, en más de una ocasión, estos progresistas eruditos acaben leyéndose a sí mismos, lo cual es una lamentable pérdida de tiempo.

Creo que lo más importante de los términos de cualquier texto, no es la etiqueta que otros puedan colocarles, sino su contenido. Incluir en ese texto, expresiones y palabras que, además de ampliar el sentido de los términos ya existentes, resulten familiares y comprensibles para la mayoría de la gente, no es empobrecer la calidad del mismo.

Sin embargo, se están considerando panfletarios a todos los escritos o comunicados de denuncia que utilizan un lenguaje revolucionario sin matices ni florituras. Paradójicamente quienes los critican llevan razón: son panfletarios. Pero si la critica está relacionada únicamente con el desprecio y la poca estima que les merecen, se equivocan. Tildar de panfletarios a los que defienden una idea justa y tienen la valentía de exponerla sin andarse por las ramas-, a pesar de que ello pueda traerles graves consecuencias-, es propio de acomplejados y temerosos.

Sin ir más lejos, los enemigos del presidente venezolano Hugo Chávez tratan de ridiculizarlo, acusándolo constantemente de utilizar un discurso panfletario y populista porque, con un lenguaje fácil y sencillo llega profundamente al pueblo, lo cual resulta muy peligroso. El Diccionario de la Lengua Española define al panfleto como libelo (libro pequeño) utilizado para difamar a alguien. Pero cuando al imperialismo se le califica de asesino- y basurero maloliente a su entramado político-, se está constatando una realidad; por tanto no existe difamación alguna.

Como género literario, el panfleto consiste en un estilo llano y directo, encaminado a tratar de convencer a los demás sin adornarse. Se dirige a su destino- las capas populares- sin rodeos y no acepta filtros elitistas. Su herramienta es el lenguaje panfletario que, contrariamente a lo que podría pensarse, al ir destinado a un público heterogéneo, es mucho más exigente que cualquier otro y obliga a una transparencia absoluta. Sin embargo, detrás de una pomposa redacción es posible ocultar dudas, contradicciones e incluso ignorancia.

De la misma manera que el lenguaje panfletario debe evitar la grosería y lo chabacano- porque nada tienen que ver con él-, quienes apuestan por una redacción más elaborada deben evitar la construcción de interminables escritos, monótonos e ininteligibles para el gran público, que sólo provocan aburrimiento. Para aburrir a la gente están los diputados y senadores de la democracia burguesa, y su fingida solemnidad de los grandes días de “debates” parlamentarios. Hay que conectar con los combatientes, con los que siempre dan la cara de verdad, aunque utilicen vestimentas variopintas, luzcan aretes o lleven el pelo pintado de colores. Si por algún prejuicio, subestimamos a quienes forman parte de nuestra misma clase, estaremos asumiendo actitudes idénticas a las de la burguesía.

Un entrañable amigo (ya desaparecido), ex preso político de la “democracia” española, muy aficionado a representar obras de teatro, decía que al finalizar una representación en los barrios populares, se desarrollaban coloquios entre actores y el público asistente que no trataban sobre la obra en sí misma, sino de los problemas que los vecinos tenían y que aquella les había hecho recordar. Sin embargo cuando la misma representación se realizaba en lugares de “mayor nivel”, era considerada, inmediatamente como un panfleto, porque- según decían los eruditos- se entendía todo. Al respecto, este amigo, reflexionaba lo siguiente: “Se entendía todo sí señor, ése era el gran problema. Había que elaborar un lenguaje oscuro y cerrado al que no tuvieran acceso más que las minorías exquisitas.”

Para concluir, entiendo que si el panfleto tiene alguna acepción peyorativa, ésta sólo sería válida para calificar a los medios de propaganda que magnifican, elogian y bendicen las cloacas donde se revuelcan el capitalismo y su “democracia”, y no a quienes lo vapulean en sus escritos.

J. M. Álvarez, 2006

martes, 16 de enero de 2018

Hemeroteca

El subjetivismo sectario

Si hubo alguien que dio lecciones de antisectarismo, ese fue José María Sánchez Casas. 

"Pese" a su historial y ya en libertad, era reconocido por la calle por unos y otros. Prácticamente la mayoría de la gente lo saludaba con afectividad simulada o real. No se nos escapaba el hecho de que en muchos casos, detrás del saludo se ocultaba el localismo del "ese es de aquí y le echó cojones a la cosa"

A todos correspondía con amabilidad, mientras “por lo bajini” manifestaba su sorpresa porque este o aquel le mostraran semejante cariño. En el poco tiempo que le quedó de vida desde que cumpliera condena y no le debiera al régimen ni un tantito así, José María entabló relaciones con personas de varias tendencias y formas de ver la vida. Es obvio que primaron en él la honestidad de aquellas, independientemente de otras consideraciones sin que ello significara que abandonara un ápice sus principios.

Iba a todos los lugares que se encartaran, participó en dos o tres programas de una televisora local donde algunos “súper” no habrían puesto un pie en su vida, pero él utilizaba las tertulias para difundir sus ideas, incluso fue galardonado con el primer premio de carteles del Carnaval porque otra persona (ni por asomo revolucionaria) se presentó en su nombre y en el acto oficial declaró la auténtica autoría del cartel  diciendo "esto no lo he hecho yo, sino mi amigo José María Sánchez Casas" quien, sonriendo, salió de entre el público asistente y recogió el galardón en medio del desconcierto, la ofuscación y humillación de la corporación municipal, plena de franquistas.

Siempre primó en él el principio comunista de no creerse por encima de nadie (error gravísimo de quien lo cometa), de no ir por ahí dando lecciones de superioridad ideológica. Escuchaba a la gente sencilla, popular, tenía paciencia, dialogaba sobre los problemas cotidianos que nos afectan por igual a todos, no espantaba a nadie, trataba de sumar y organizar que el resto vendría después, en definitiva: no era un sectario. 

J. M. Álvarez, julio 2013

lunes, 15 de enero de 2018

Los Hijos de Lenin

Nada tengo en común con el señor Puigdemont (“degollado” por una chirigota del Carnaval de Cádiz), ya que se encuentra en las antípodas ideológicas de quien esto escribe. Lo que me mueve a opinar sobre el asunto del decapitado, no es exactamente su infortunado destino, sino este Carnaval que languidece estancado porque le falta dar ese paso hacia adelante que la cobardía controla, y en el que impera lo fácil e inconsistente, algo que se repite año tras año. Enorme favor que le hacen al Sistema.

Insultar a los catalanes desde mucho tiempo antes de que se conociera a Puigdemont, no es nada nuevo. Es una tónica chovinista, que esconde, como mínimo, un complejo de inferioridad. Insultar a un pueblo (no hablo de burguesía) que aceptó a miles de andaluces expulsados por el señorito y refugiados en Cataluña donde encontraron trabajo y cobijo, no es Carnaval. Resulta-, queda “mejor”- liarla con Cataluña porque “somos españoles” por cojones, que con el gobierno alemán que es quien gobierna este país en ruinas. Y para qué hablar del recurso- que tan bien le viene al régimen- de fomentar la división y el rencor entre provincias hermanas.

Sobre lo acontecido, algunos tertulianos radiofónicos dijeron, entre risas, que no había odio en ello (tampoco lo creo yo) añadiendo que no podía considerarse delito y recordando que también salieron los Reyes Magos en idéntica tesitura. Perfecto. Pero mire Ud. que ahí me surge una duda: ¿entonces por qué no representaron a Felipe de Borbón en plano de humor debajo de la guillotina? Veamos. En cuestiones pueriles seguro que lo criticarán pero no irán más allá porque Su Majestad lo está haciendo muy bien ejerciendo de Gran Inquisidor de la Santa Unidad de las Españas. ¿Alguien puede creer que el régimen no puso bozales y cadenas a todas las Carnestolendas? Cádiz no iba a ser una excepción por mucho que traten de decirnos lo contrario. 

Ya es hora de desmitificar a una “fiesta” manchada de chovinismo y cobardía. Ese chovinismo está presente en el 90 por ciento de las agrupaciones, algo que no viene de ahora, sino desde los tiempos de Franco con la excepción, posterior, del trienio 1978-1981 donde sí hubo un Carnaval valiente, reivindicativo, popular. Lo de ahora no puede denominarse así, se queda en una letanía aduladora, chismosa y aderezada, para disimular, con algún lamento que recuerda a parados y hambrientos, lamento al que le falta el valor necesario para tildar de dictadura al Sistema que genera esas miserias. El Carnaval es otra cosa.

Al hilo de esta cuestión, recuerdo que en el trienio arriba citado, podían leerse cosas como ésta sobre las huelgas de astilleros: “Se habla del P.C.E. (r) y F.R.A.P. -grupos que se dejan notar en Cádiz-, pero... ¿y esos vecinos que han arrojado frigoríficos, macetas y objetos de todo tipo contra los policías en solidaridad con los manifestantes? La cosa es más grave de lo que parece”. O titulares como "Cádiz en situación prerrevolucionaria”, de la revista Sábado Gráfico. Aquello quedó reflejado en el Carnaval de 1978 por un coro llamado, curiosamente, La Guillotina. Esa agrupación apoyó las acciones de los obreros y alabó a los vecinos que arrojaban objetos contra la Policía que asaltó la ciudad. Aquel coro fue Primer Premio del concurso. Hoy sus componentes estarían pasando todos por la Audiencia Nacional.

Mi entrañable, y ya desaparecido padre político, a menudo canturreaba algunas canciones del Carnaval de los tiempos de la República (cuantos chirigoteros fueron asesinados por la represión franquista…) que él disfrutó siendo apenas un chiquillo. Una de las estrofas que escuchó entonces y que él solía repetir era esta: “Somos los hijos de Lenin”. Lenin y el Carnaval vinculados por el pueblo que lo cantaba en la calle. Lenin y al Carnaval unidos contra la burguesía y su dictadura. 

Ni que decir tendría que me quedo con los Hijos de Lenin y no con esta actual y horrible caterva que dice ser Carnaval.

J. M. Álvarez